– por Fernando Contona – Docente nivel secundario

Agotamiento, miedo, ansiedad y depresión; son algunos de los síntomas que, por múltiples causas, se han puesto al descubierto dentro del marco de un contexto de aislamiento social ligado a una emergencia sanitaria.

¿Cómo afectará esto al estudio, al trabajo, a la economía y a la salud?

¿Qué pasará…? ¿Por cuánto tiempo? 

¿Será una “nueva normalidad” ó “nueva reorganización”? 

En gran medida, son muchos los alumnos, los docentes y las familias, que manifiestan preocupación ante lo que está sucediendo. Intentando dar, cada uno desde su rol, respuestas a las diferentes demandas que requiere continuar con el proceso de enseñanza y aprendizaje escolar. 

Los docentes deben destinar muchas más horas de trabajo a la planificación de las clases, por que es necesario la creación de contenidos y materiales de formato virtual para los alumnos. Y también buscar establecer un puente de comunicación lo más directo y afectivo posible con los mismos, para que el intercambio a través de la pantalla no se perciba como tan distante. 

Los alumnos por su parte deben estar mayor cantidad de tiempo delante de las pantallas, para luego cumplir con las tareas y las entregas de trabajos prácticos, mientras diferentes pensamientos rondan por la cabeza: ¿Que pasara con el viaje de egresados o la fiesta de fin de año? ¿Ingreso a la facultad en medio de una pandemia? ¿Cuando podré visitar a mis abuelos?

Por otro lado, están las familias, que con los recursos que tienen al alcance, intentan acompañar a los hijos con los estudios, procurando no descuidar el compromiso laboral y el cuidado de los familiares, mientras se intenta afrontar un contexto social y económico muy perjudicado.

¿Podremos adaptarnos de una manera saludable ante lo que está sucediendo?

Si bien el contexto de pandemia es poco frecuente, y los diferentes sucesos que se fueron desarrollando a lo largo del año resultan pocos comunes. Desde una mirada mucho más real, sabemos que este panorama tal como se presenta en este momento, siempre  estuvo dentro de las posibilidades. 

Podemos disfrazar la incertidumbre, con velos de ideas y expectativas, pero siempre hay latente un ruido de desasosiego interno, que en momentos de mayor vulnerabilidad, no hace más que ir en aumento. A pesar de un aparente «todo bajo control», es la presencia subyacente de miedo la que más nos condiciona. La sensación de un constante peligro inminente, que no sabemos de dónde viene, ni que nombre ponerle.

 

¿Con qué recursos internos contamos para transitar momentos de angustia, dolor, e incertidumbre?

¿Será necesario establecer un nuevo orden de prioridades?

¿De qué manera esto puede afectar a la educación dentro de las aulas?

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