– por Fernando Contona

Todavía recuerdo con bastante claridad una experiencia que ocurrió hace varios años atrás. Tiempo que se remonta a las épocas cuando estudiaba en la escuela primaria de Munro.

Entre partidos de fútbol, corridas y diferentes juegos de actividad física, los recreos en la escuela, significaban para nosotros, los pequeños jóvenes de 12 años, oportunidades únicas para poder dar rienda suelta al cuerpo y así liberar toda la energía posible durante esos quince minutos que duraba el receso de la mañana.

Luego de finalizar cada recreo, realizábamos una formación antes de entrar de nuevo a las aulas. Habrá sido por el murmullo, los gritos o la exaltación post-partido de fútbol que, en medio de la formación, la directora se nos acercó, en un intento de hacernos callar y que dejaramos de hacer tanto ruido, y nos dijo la siguientes palabras: 


«¿Ustedes sabían que se puede escuchar el silencio?»

Fue la frase (casi textual) mencionada por la maestra, y que, por algún motivo que desconozco, esas palabras quedaron flotando en la cabeza; el hecho de poder “escuchar el silencio” sonaba a oxímoron, de todas formas, no le di mayor relevancia.

Habrá sido ese mismo día, o al día siguiente, cuando acompañe a mis padres con el auto a realizar las compras al supermercado. Al volver a casa, cuando ya todos habían bajado del coche, sentí curiosidad por hacer un pequeño experimento: Cerré todas las puertas del auto, aislandome del ruido exterior, y permanecí sentado prestando atención a los posibles sonidos que pudieran llegar surgir desde ese “misterioso silencio”. Se vino la imagen de la maestra ¿Se podrá escuchar el silencio? 

Expectante pero sin ninguna expectativa, permanecí algún tiempo sentado, cuando en un determinado momento, empecé a sentir “algo”; un sonido poco familiar, que no provenía desde el exterior, ni tampoco desde el interior del auto. Más que un sonido, era un leve zumbido  apenas perceptible.

Ahora sé (aunque no necesito saberlo para poder experimentarlo), que ese zumbido corresponde a la propia circulación de la sangre en los oídos, que podemos sentir de manera amplificada cuando escuchamos el “ruido del mar” al usar un caracol como caja de resonancia.  En definitiva, lo que estaba sintiendo mientras estaba inmerso en ese “compacto” silencio en el interior del auto, era la presencia del propio cuerpo vibrante de energía. 

¿Por qué siento lo que siento? ¿Por qué pienso lo que pienso?

 ¿Dónde nace la conciencia?

Disponernos a hacer un silencio, con la intención de rendir un homenaje a la vida, y presenciar como desde silencio, que está ligado a un vacío mucho más profundo, es desde donde surge el mundo de formas, los sonidos y la vida como se despliega y manifiesta en el mundo.

“Construimos una vasija de un trozo de arcilla; 

Pero es el espacio vacío de su interior el que le da su utilidad.

Construimos puertas y ventanas para una habitación;

Pero son estos espacios vacíos los que la hacen habitable. 

Así, mientras que lo tangible tiene ventajas,

Es lo intangible de donde proviene lo útil.”

                                                               

                                                                     – Lao Tse

 

 

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